En Tiempos Difíciles: Día 4

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Por: Karen Pérez

Cuando mi esposo me pidió que escribiera el mensaje de hoy, pensaba que las ideas sobre este tema iban a fluir más rápido. Y es que todos pasamos momentos difíciles a diario. Quizás para algunos hoy un momento difícil haya sido lidiar con su jefe en el trabajo, alguna discusión en la casa o sentirse abrumado por el estrés. Pero quizás para otros el momento difícil de hoy o de estos días ha sido perder su casa, no tener dinero para pagar las cuentas, enfrentar la pérdida de un familiar o un ser querido… Definitivamente todos estamos pasando, o hemos pasado, por tiempos difíciles. Y hoy quiero hablarte sobre una experiencia muy personal, que marcó mi corazón hace un año atrás.

Una tarde me encontraba en mi trabajo y recibí una de las llamadas que más me ha estremecido. Mi hermano me estaba pidiendo que llegara al hospital para ver a mi papá. Y para hacerte un gran resumen de lo que pasó antes de ese día, mi papá había sido diagnosticado con cáncer 8 meses antes. Recuerdo que desde el día en que nos enteramos del diagnóstico oré y clamé para que el Señor levantara y sanara a mi papá de esa terrible y cruel enfermedad. Los meses pasaban y yo seguía diciéndole a Dios: “Señor, ¿vas a sanar a papi?” Yo sentía que mi fe aumentaba cada día, y mi certeza de que un milagro iba a suceder era impresionante.

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Pero el día en que recibí esa llamada de mi hermano salí corriendo para el hospital. Cuando lo escuché hablar traté de anirmalo a mantener la fe, pero en mi corazón sabía que ese día sería difícil. Todavía lo recuerdo y es como si hubiese pasado ayer. Mi papá estaba muriendo. Recuerdo que después de estar con él un rato, estuve varias horas en la sala de espera orando. Pero recuerdo que en vez de orar por sanidad no sabía por qué mi oración se dirigía a darle gracias a Dios. “Gracias Señor, gracias por tu paz, gracias por tus promesas, gracias porque tu voluntad es perfecta, llénanos de la paz que sobrepasa todo entendimiento”… Y repetía lo mismo una y otra vez. Pero era como si alguien orara por mí, porque yo tenía mi mente casi bloqueada. Pienso que era el Espíritu Santo en mí. Recuerdo salir y entrar varias veces del área donde mi papá estaba y beber mis lágrimas en medio de la incertidumbre del momento. La última vez que entré a verlo, sabía que Dios se lo iba a llevar. Y para no dar tantos detalles, le di gracias a Dios por él, por el tiempo que nos permitió disfrutar de su presencia, por el excelente padre que había sido… Y en otras palabras, me despedí. Le dije: “Papi, eres el mejor papá del mundo”, y ya no puede decir más. ¡Qué momento tan difícil! ¡No tengo palabras para describirte el dolor que sentía en mi corazón! Definitivamente nadie está preparado en la vida para enfrentar momentos así.

Salí al pasillo del hospital y lloré, pero lloré hasta que no me quedaron lágrimas. No tenía fuerzas para moverme de aquella esquina. Varias personas pasaron frente a mí, me miraban y seguían su camino. Mis ojos estaban tan hinchados que no podía ver quiénes pasaban frente a mí, ni tenía papel para secarme todo lo que tenía en la cara. Pero recuerdo que una mujer se acercó a donde yo estaba, y me miró con una sonrisa. “Yo no sé por lo que estás pasando. Pero yo sentí venir a donde ti y decirte que Dios está en control. No llores, no te entristezcas”. Y le dije: “Señora, mi papá está muriendo”, y ella se sonrió y me dijo: “Tranquila. Ten paz. Dios está en control. Todo obra para bien”. Tocó mi hombro, volvió a sonreír y se fue. No puedo explicarles qué pasó allí, pero la paz de Dios inundó mi corazón. Sentí algo, literalmente, dentro de mí; como si algo me estuviera llenando por dentro. No sé quién era aquella señora, pero para mí era un ángel enviado por el Señor.

Después de ese momento, sentí la urgencia de seguir orando. Orando por paz y fortaleza para todos, y dando gracias a Dios. Lo que salía de mi boca era: “Gracias, Señor”. Una y otra vez. Sabía que Dios estaba allí, con nosotros y con mi papá. No estábamos solos. Tenía la convicción en mi corazón de que en medio de aquella situación tan dolorosa, Dios estaba haciendo el milagro por el que habíamos orado. Él estaba dándole a mi papá sanidad absoluta, y estaba a punto de llevarlo al mejor lugar que puede existir: Su presencia. Ese día, el Espíritu Santo se hizo más palpable que nunca. Trajo consuelo a mi vida y a la vida de mi familia al momento de mi papá fallecer. Y al entrar al área donde estaba sólo su cuerpo tampoco te puedo explicar lo que pasó. Sé que en medio del llanto mi boca se abrió y empecé a orar, a adorar y agradecer a Dios por todo lo que estábamos viviendo. “Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito”. Quizás los vecinos de aquella camilla pensaban que estábamos locos, pero en medio del dolor y el quebranto el Señor estableció Su reino en medio nuestro. Era la mejor manera de comenzar a vivir después de aquel suceso: adorando a Dios. No sé si eso papi lo vería desde el cielo, pero siempre pienso que estaría orgulloso, y feliz. Porque la semilla que sembró como pastor en nosotros seguía dando frutos. Y es que en momentos así, el consuelo de la gente es bueno, pero no te llena, no te cambia, no te transforma como lo hace el Espíritu Santo. Porque la paz que Dios nos ofrece el mundo no la entiende, pero es lo único que realmente nos puede sostener.

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Te confieso que todos los días extraño a mi papá, y muchas veces lloro porque me hace demasiada falta, pero Dios siempre me recuerda que Sus planes son mejores que los míos, que Sus caminos son perfectos y que hay cosas que yo no necesito entender pero que Él hace porque es lo mejor. Dios contestó mi oración. Sanó a mi papá y salvó su alma. No lo hizo de la manera en que todos pensábamos que iba a suceder, pero ¡qué bendición poder testificar esto hoy y saber que un día nos encontraremos nuevamente en la presencia de Dios! Siempre me he preguntado, ¿qué hubiese pasado aquella noche con mi familia, y conmigo, si no hubiésemos tenido el consuelo del Espíritu Santo? ¿Qué sería de mí hoy si no tuviera las promesas de Dios para aferrarme de ellas y no contara con Su fortaleza en momentos donde me quiebro? El mejor regalo que mis papás me pudieron dar es que me enseñaron a amar a Dios, y a confiar en Él no importa si paso necesidad, si enfrento problemas, si sufro injusticias, si tropiezo en el camino o si mi fe se ve quebrantada.

Te puedo asegurar que es precisamente en TIEMPOS DIFÍCILES donde la gloria de Dios brilla más fuerte, donde los milagros más extraordinarios suceden, donde las cosas imposibles se hacen posible, donde lo que estaba quebrado se restaura, donde realmente podemos apreciar los detalles de amor de Dios hacia nosotros y donde aprendemos a amarlo a Él a pesar de las circunstancias. Y es que no podemos ver a Dios como el responsable de nuestro dolor, o nuestra crisis. Al contrario. Dios es nuestra salida, nuestra ayuda, nuestra fortaleza, nuestra provisión, nuestro refugio.

Si estás pasando un tiempo difícil hoy, en vez de quejarte o lamentarte te invito a hacer una cosa: ADORA a Dios. Y quizás dices: “Es que Karen, yo estoy viviendo X o Y cosa, y lo menos que tengo es ganas o fuerzas para adorar a Dios. Tú no entiendes”. Pero créeme, te entiendo. Podría darte muchos ejemplos para decirte que te entiendo, pero el tiempo no da. Sólo te puedo asegurar que si en medio de tu desierto, de tu prueba y en medio de tus preguntas le das la oportunidad a Dios de llenar tu corazón, de transformar tus pensamientos, de contestar tus dudas y escuchar tus quejas, de mostrarte cuál es Su plan para ti… Tu vida va a cambiar. 

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Hoy te puedo decir que no hay palabras que describan el impacto espiritual, emocional, mental y hasta físico que tiene en una persona el toque del Espíritu Santo, especialmente en momentos difíciles, y me atrevo también a asegurar que es prácticamente imposible enfrentar las crisis y las dificultades sin Él. Por eso te invito a que en medio de tu situación saques un tiempo intencionalmente para escuchar la voz de Dios. Y si has llegado al punto de decir: “Ya yo perdí la fe. Yo he orado demasiado por esto y no veo respuesta”, te invito a darle una oportunidad más a Dios. No tienes nada que perder, pero sí mucho que ganar.

“Jehová te oiga en el día del conflicto; El nombre del Dios de Jacob te defienda. Te envíe ayuda desde el santuario, y desde Sion te sostenga. Haga memoria de todas tus ofrendas, y acepte tu holocausto. Te dé conforme al deseo de tu corazón, y cumpla todo tu consejo. Nosotros nos alegraremos en tu salvación, y alzaremos pendón en el nombre de nuestro Dios; conceda Jehová todas tus peticiones. Ahora conozco que Jehová salva a su ungido; lo oirá desde sus santos cielos con la potencia salvadora de su diestra. Éstos confían en carros, y aquellos en caballos; mas nosotros del nombre de Jehová nuestro Dios tendremos memoria. Ellos flaquean y caen, mas nosotros nos levantamos, y estamos en pie. Salva, Jehová; que el Rey nos oiga en el día que lo invoquemos”. Salmo 20

4 Comentarios

  1. Gracias por tan linda palabra la verdad es que hay momentos en donde tenemos que dejar que Dios haga su labor. Entiendo por lo que has pasado pues ciertamente he pasado por eso mismo perdí a mis padres ya hace un tiempo y siempre senti un gran vacío no hasta hoy leyendo tu devocional en donde se por certeza de que están en los reinos esperándonos amen gracias por compartir bendiciones.

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  2. Wow! Gracias por compartir tu experiencia. Aún en medio de tu dolor la gloria de Dios fue manifiesta de manera inmediata y especial. Me reconfortan tus palabras. Dios es bueno en todo momento! !

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